martes, 8 de enero de 2013

Desde el Abismo


Se despertó aquella mañana como cualquier otra. Un tanto abotargado por los somníferos y, como siempre, horrorizado ante la idea de un nuevo día que afrontar (¿otro más?). Un nuevo precipicio que salvar. Decidió seguir los consejos de su psiquiatra e intentar no dejarse vencer por la angustia: se duchó, se arregló y salió a la calle, tratando de olvidarse de su ser enfermo, ése para el que siempre se escondía la primavera debajo de una capa de lodo. Incluso, hizo un gran esfuerzo por no hacer caso de las voces que lo perseguían sin pudor ni misericordia. Malditas voces. Mil veces malditas. No se dejó amilanar y salió a comprar el periódico, dispuesto a desayunar en un bar tranquilamente, disfrutando de su lectura… Cuánto gritaban las voces. Gritaban tanto… y también oía pasos cansados que no identificaba (¿serían los suyos?).

Al salir a la calle, lo abrumó el ruido y el trasiego. Se le atragantaba tanta vida en esplendor. Todos corrían, llegando tarde a cualquier lugar donde nunca pasaba nada. Los coches tocaban el claxon y los peatones parecían muertos sin saberlo, caminando serios y veloces hacia un trabajo que aborrecían, para salir de allí y seguir con su vida decolorada. Desde luego, debo estar en el andén equivocado porque todo me parece raro, ajeno, extraño. Nunca encontraré mi sitio en este entorno hostil…Ya estaba otra vez viendo el mundo desde su desorden peligroso y delirante. Sabía que no debía dejarse arrastrar por esos pensamientos. Compró el periódico en el quiosco que había enfrente de su portal, forzando una sonrisa al vendedor, y entró en el primer bar que encontró. Estaba abarrotado de gente y los camareros gritaban los pedidos como si aquello no fuera profundamente molesto y agobiante. El ruido dio cuatro vueltas a su alrededor hasta que lo dejó bien envuelto. Sólo había ruido y más ruido. Comenzó a sentir la conocida taquicardia… No pasa nada. Tranquilidad… Hizo los ejercicios de respiración que le había enseñado su psiquiatra…Inspira, uno, Espira, dos, Inspira, tres…. En la barra había un hombre que no paraba de mirarlo. Seguro que lo estaba siguiendo. Ya conocía a ese tipo de gente… Las voces comenzaron a atronarle en su cabeza. Nunca desparecerían. Todos los minutos, todos los días, todos los meses, todos los años… Salió corriendo del bar, mejor eso que hacer alguna tontería. Corría mirando hacia atrás, por si lo seguía aquel hombre que lo observaba en el bar. ¡Ja!, había conseguido darle esquinazo.

Con manos temblorosas y envuelto en sudor consiguió abrir la puerta de su casa. Y las voces no cesaban. Se movía de un lado a otro, violentamente, con las manos agarrándose la cabeza, dentro de la cual hervían los gritos. Por favor, callad ya…tengo mucho frío y tengo calor y no puedo más. Empezaron los temblores y fue corriendo a la cocina a tomarse la pastilla que le recetó el psiquiatra para momentos de crisis. Momentos de crisis, decía el muy cretino, si toda su vida era una crisis perpetua. Un delirio. Le faltaban piezas de un rompecabezas roto. Todos los minutos la misma lucha por interpretar un mapa intrincado que lo condujera a la cordura.

Cogió el frasco de ansiolíticos y los vertió todos en su mano sudorosa. Un puñado de pastillas redondas de color rosa. Serían suficientes. Se metió en la cama con una botella de ron y todas las pastillas y de un trago se bebió la vida que le había tocado. Nunca más los gritos. Nunca el abismo. Nunca.

MARÍA CASADO ALONSO



8 comentarios:

  1. Es que una persona que está tan mal, tan mal, es tan fácil tomarse unas pastillas acompañándolas de alcohol y acabar con tanto sufrimiento. Es tan fácil que me da miedo.
    Un abrazo, María.

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    1. Un abrazo, Mela, gracias por seguir por aquí.

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  2. Para algunas personas con ese problema la única salida es esa. Ha sido una lectura muy angustiosa, pero me ha tenido intrigada hasta el final. Un beso

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    1. Pues siento decirte que me alegro de que te haya resultado angustiosa, eso pretendía :-). Un abrazo. Gracias.

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  3. Después de haber largado una perorata comentando algo sobre lo absurdo de la vida voy y lo borro. A ver si nos echamos unas risas. Un besazo.p

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    1. Pues menos mal que lo has borrado, guapa, que estoy como para existencialismos ajenos, con los míos ya voy servida :-). Me alegro de encontrarte por aquí. Un abrazo enorme y gracias por leerme.

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  4. Tan real y tan cercano que no he dejado de sentir escalofríos a lo largo de su lectura. Un beso.

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    1. Gracias, Concha, siento tus escalofríos pero es que ha funcionado :). Un abrazo

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