domingo, 16 de diciembre de 2012

Todos los días la misma mierda


     Me duele todo. Los sudores empapan todo mi maltrecho cuerpo. Temblores constantes me sacuden como a una hoja muerta. Me muevo de un lado a otro… de un lado a otro. Tengo que salir a pillar algo. Pero ya. Casi no me puedo sostener en pie y el tiempo corre en mi contra. Cada vez será peor. Ya lo conozco. Llevo demasiado sin ponerme porque estoy sin un duro y no voy a poder pasar muchos minutos más si no pillo algo.

Como no tengo un puto pavo tendré que ir a casa de Roberto, que es el único que me fía. Además es el que tengo más cerca y no estoy para ir muy lejos. No me hace ninguna gracia pedírselo a Roberto porque se aprovecha de las circunstancias y te cobra el gramo como si fuese oro, el muy hijo de puta. Pero, en estos momentos, creo que no me queda otra alternativa que acudir a él. Así que recojo mis cosas de la pequeña casita que tengo instalada en un cajero y me llevo mi inseparable mochila, donde llevo todos los utensilios necesarios para poder vivir, que en mi caso se reducen a jeringuillas, gomas, cucharillas, algodón y agua. Si tengo suerte y pasta, que es lo mismo, también llevo vino. En torno a esos cinco o seis miserables objetos se mantiene mi vida demacrada, que hace muchos años que no es vida. Ah, y también llevo en la mochila la foto manoseada y doblada de mi familia. También la tuve.

Al fin de un pesado y larguísimo camino de sólo cincuenta metros, que se me hacen kilómetros, en los que me arrastro por las calles con todo mi cuerpo pidiendo a gritos su dosis, llego a casa de Roberto. Nadie responde al telefonillo que martilleo sin pudor hasta dejar el dedo suplicante pegado al botón del 4º C...¡Me cago en la puta!... Ahora sí que estoy perdido. La camiseta está ya empapada, chorreando tormento, y en las piernas se me clavan unas agujas inclementes. Tengo que pensar deprisa, pero mi cabeza es un nudo denso y oscuro.

No tengo otra alternativa y lo sé, así que sigo caminando por la calle y entro en la primera cafetería que veo. Tengo suerte ya que hay unas señoras charlando animadamente, con sus bolsos en la silla de al lado, sin prestarles mucha atención. Debo ser rápido y sigiloso, pero no estoy seguro de que este despojo que soy pueda serlo. Paso por la silla donde están los bolsos y con mucha discreción cojo uno y salgo de la cafetería tranquilamente para no levantar sospechas. Lo he hecho tantas veces. Rápidamente, con las manos temblorosas, que se me van derritiendo conforme avanza la mezquina aguja del reloj, saco la cartera del bolso y encuentro más de cien euros. He vuelto a tener suerte. Tiro el bolso en la primera papelera que encuentro y me quedo con la pasta. Como me lo puedo permitir, cojo un taxi que me lleve al poblado. Necesito llegar cuanto antes, no puedo esperar al autobús. No lo voy a aguantar, mis piernas son ya de plastilina y casi no me sostienen. El viaje se me hace espantosamente largo. Sentado en el asiento me muevo hacia delante y hacia atrás, sin poder parar. Ya no controlo mi cuerpo ni mis movimientos. Los dolores son insufribles y me recuerdan con crueldad la prisa que tengo. El taxista me mira con recelo por el espejo retrovisor mientras yo le suplico que se de prisa.

Cuando por fin llego al poblado, pillo un gramo y entro en el edificio derruido donde solemos “ponernos”. Allí dentro hay mucha gente, cada una a su aire, unos tirados en un colchón, otros pinchándose, otros bebiendo…Entre ellos,  tirado en el sofá mugriento, me encuentro a Charly, un colega, que debe acabar de “ponerse” porque lo saludo y me responde con un gesto lacónico de la mano y una sonrisa estúpida en la cara. Tiene un aspecto horrible y apenas se puede mover. Lo estoy viendo irse desde hace tiempo. Siempre me pide ver la foto de mi familia y yo se la dejo. Se queda largo rato mirando con añoranza lo que él nunca tuvo. En la foto, desgastada, se nos ve a los cinco felices, mis padres juntos y sonrientes y nosotros tres mirando a la cámara agarrados de la mano, con la sonrisa del que no sabe aún de las lágrimas. En las pupilas de mi madre todavía no se dibuja la amargura. Yo no le cuento a Charly que ya no queda nada de esa foto. Sólo es ya un papel por el que han pasado los años con crueldad y sin misericordia. Sólo queda mi recuerdo de lo que fue. Él quiere imaginarse una familia feliz. Y yo también…

Vierto la heroína en la cucharilla, la disuelvo y pongo un trozo de algodón en ella. Lo he hecho tantas veces que ya lo hago de forma mecánica, pero mi “mono” es tal que estoy anulado. Mi ansiedad está desbordaba y apenas atino a hacer nada. Lleno la jeringuilla mientras mis dedos bailan el baile de la abstinencia y me busco la vena en el pie. Los brazos ya son callos inservibles. Inyecto la jeringuilla en mi vena e inmediatamente empiezo a sentir el calor que me deleita con caricias suaves y lentas por todo mi cuerpo. Los dolores se van pasando, la paz me inunda y vuelo por cielos llenos de nubes blancas. El silencio y el reposo me acunan en sus brazos. Me tumbo en el suelo para disfrutar del placer que me invade y me quedo embobado mirando el techo semiderruido. Como yo. Por mi cabeza no pasa nada. La nada absoluta. El vacío. Me olvido de todo y disfruto del silencio y el reposo. Enciendo un cigarrillo despacio. Inhalo y exhalo el humo, lentamente, observando las formas del humo al salir de mi boca reseca.  El tiempo se detiene y mi mente en blanco se olvida del mundo y de sus gritos. Me sumerjo en un mar de calma y placidez. Mis manos callosas y huesudas casi pueden tocar el sosiego que me envuelve con su aroma a flores y a olas.
Me adormezco un rato, envuelto en una bruma serena. Cuando me despierto busco a Charly que sigue, en la misma posición, mirando la foto de mi familia. Se puede pasar así horas. Enciendo otro cigarrillo y me quedo pensando, ralentizado, en cómo voy a conseguir la pasta para mi próxima dosis. Porque sé que nunca voy a dejar la heroína. Hace tiempo que abandoné la lucha infructuosa y me rendí. No voy a pasar por más Centros de Desintoxicación. La puerta de la esperanza se cerró hace años. Sé que me matará pero no puedo hacer nada más que seguirla allá donde vaya, como un novio enamorado. Arrastrándome detrás de ella, mendigando su cariño traicionero. Porque sé que sin ella estoy perdido. 

Me giro para mirar nuevamente a Charly, que últimamente me tiene preocupado. Este tío sigue mirando la foto. Lo llamo y no responde, me acerco y está duro y frío, con los ojos abiertos mirando la foto. Se la quito, con dificultad, de las manos, que están agarrotadas. Al menos, murió viendo la foto que tanto le gustaba y que hoy es una gran mentira. Pobre Charly, no ha tenido mucha suerte en la vida. Otro que nos deja. Como nos iremos los demás más pronto que tarde. Miro el cuerpo inerte de Charly y veo el mío. La muerte nos echa el aliento en la nuca y sabemos que está ahí, muy cerquita, acechándonos con su sonrisa traviesa. Porque seguiremos enredados en este ovillo maldito. Y mañana mi única preocupación será cómo conseguir mi dosis… Así, un día y otro… Todos los días la  misma mierda.


9 comentarios:

  1. Espeluznante, sobrecogedor,terrorífico... y real. ¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! Un beso.

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    1. Gracias, Concha, la vida misma, lamentablemente...

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  2. María, con tu permiso, me he llevado a mi blog los banners de la sanidad y escuela públicas.

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    1. Claro, llévatelos, son de todos, como la Sanidad y la Educación :)

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    2. Por cierto, ¿qué es eso de tu blog?. Si no recuerdo mal, tú no tenías blog... Ya me estás dando los datos, traidora, que no cuentas nada :)

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  3. Hola María, plasmas muy bien una cruda realidad que espanta y parece ser muy difícil salir de ella.
    Con tanta información no comprendo cómo es posible caer en las garras de semejante fantasma.
    Un abrazo.

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    1. Me imagino que no todo el mundo tiene las mismas oportunidades y juzgar desde las nuestras sería demasiado fácil, ¿no crees? Habría que entender la situación de cada uno para ver por qué acaba así. Un beso grande

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  4. Acojonante tu blog, María.... Tienes una fan.

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    1. Hola Ruth, guapísima!!! Qué alegría verte por aquí! Pues qué bien ya tengo una fan, muchas gracias por tu elogio. Podrías montar mi Club de Fans y ser la Presidenta :). Bueno, a te mandaré una foto dedicada, que es lo que se hace con los fans, ¿no?, aunque a lo mejor prefieres que te invite a una cerveza...

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